EL RIO, EL BOSQUE, LAS CUEVAS

  Al principio fue el río, Madrid, como tantas otras ciudades del mundo, tuvo sus primeros asentamientos a orillas de un río, que nunca se distinguió por su anchura ni por su caudal, pero que sin embargo resultaría suficiente para aquellos primeros pobladores, que aquí encontraron reposo definitivo a su larga andadura.


Los madrileños de hace miles de años no diferían mucho de los habitantes de la parte central de la Península. Como los demás, habían estado viajando sin un rumbo determinado, moviéndose según lo aconsejaban el hambre y la sed, el frío o el miedo. Miedo a otras tribus o grupos de hombres con más fuerza o más acometividad, a las alimañas, a las fieras, a la inclemencia atmosférica. En sus desplamientos habían preferido afincarse siempre temporalmente en las riberas de los ríos, arroyos o lagos, amparándose, si era posible, en zonas de bosque que tenían la ventaja de procurar defensa contra el enemigo, poner la leña al alcance de la mano y suministrar la caza que el alimento requería.


Comían carne cruda cuando la había y brotes y raices vegetales. El hombre se había asentado para siempre sobre Magrit, Majrit, Mayoritum, Mandrid, Megdris, Mayorit, Mincium, Magerit, Mageritum, Madritum, Mahadarit, Madrit, Madrid que no fue otras cosa, hace miles de años, que un grupo de cuevas en las proximidades de un río. Como la planicie baja tiene el inconveniente de que los pueblos enemigos llevan todas las posibilidades de vencer si llegan a tierras más altas, la mirada del primitivo carpetano habitante de aquel Madrid buscó en torno suyo un lugar mejor para refugiarse y halló una parte elevada tras  la compacta ladera verde. En dos carreras podía alcanzarla.


Poco a poco, en lo alto va creciendo una fortificación rústica, sin techo edificado, con fosos cavados en la tierra, rodeada de trampas que tienen en el fondo agudas estacas verticales, puntiagudas para ensartar a los enemigos; trampas cubiertas de troncos delgados y disimuladas con musgo, ramas y tierra. 


Sin saberlo, el madrileño (que aún no se llamaba así) casi ha fijado los cimientos del castillo de Madrid. No imagina que su instinto ha localizado uno de los bastiones más acertados de la comarca; no sospecha que precisamente allí, sobre las ruinas de su trabajo, se erigirán la fortaleza mora, el alcázar cristiano, luego el palacio real.

En la próxima entrega, como vivían, sus herramientas, el comercio, etc.

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Para saber más:

Historia de la Villa de Madrid de José Antonio Vizcaino
Historia de Madrid de Federico Bravo Morata
El Viejo Madrid de Ramón Mesonero Romanos.





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